A 50 años del último Golpe de Estado cívico-eclesiástico-militar, la Fundación Napalpí propone una lectura que vincula el terrorismo de Estado con un proceso histórico más amplio de violencia hacia los pueblos indígenas. El artículo recupera la memoria de esas continuidades —desde Napalpí hasta la dictadura— y plantea la necesidad de un “Nunca Más” con perspectiva intercultural.
Se cumplen 50 años del último golpe de Estado en Argentina, hito que inició la dictadura cívico, militar y eclesial más sangrienta de nuestra historia reciente. Sin embargo, a medio siglo de aquel quiebre democrático, cabe hacernos una pregunta que todavía incomoda a los manuales de historia: ¿Cómo afectó el terrorismo de Estado a los pueblos preexistentes?
Desde el retorno de la democracia, la incansable lucha de los organismos de Derechos Humanos y las políticas de Estado iniciadas en 2006 han logrado más de 300 sentencias y el juzgamiento de más de mil represores. Pero en ese relato necesario, la figura del indígena ha quedado, una vez más, en el margen. Como si su dolor no fuera político, como si sus desaparecidos fueran “otros”. Las comunidades indígenas han sido históricamente invisibilizadas o demonizadas por el relato oficial; reconocer su persecución implica admitir que el Estado argentino se fundó sobre un genocidio que no terminó en el siglo XIX.
La invisibilidad como herramienta de control
Como bien explica la antropóloga Diana Lentón: “Existe una idea folclórica de que el indígena no tiene preocupaciones políticas, que la política es una cosa de personas modernas y urbanas”. Esta visión sesgada permitió que, durante décadas, se ignorara que la dictadura de 1976 dejó marcas profundas en las familias y comunidades indígenas. Muchos hermanos fueron secuestrados en plena jornada laboral: en las zafras, los ingenios, los algodonales o en sus propios barrios. Sobre ellos pesó un doble estigma: fueron perseguidos por su militancia social o sindical y, en paralelo, violentados por su condición étnica. Para el represor, el indígena representaba una “barbarie” que debía ser disciplinada o eliminada tal como decía Sarmiento.

La Fundación Napalpí trabaja desde estas heridas invisibilizadas. Retomando las reflexiones de Juan Chico, historiador y referente Qom: “Nadie se salva solo, somos comunidad”. Juan insistía en que para entender 1976, debemos entender 1924. “Quizás si como sociedad hubiéramos sido conscientes de la Masacre de Napalpí, la crueldad de Margarita Belén habría sido distinta”, señalaba con lucidez.
Napalpí: de la invisibilización a la Sentencia Histórica
La Masacre de Napalpí, ocurrida el 19 de julio de 1924, no fue un incidente aislado, sino un Crimen de Lesa Humanidad. El Estado masacró a más de 400 personas para quebrar la primera huelga indígena contra la explotación algodonera. Allí se ensayaron los métodos que la dictadura perfeccionaría 50 años después: el uso de un avión para identificar civiles, la persecución en el monte, no solo ese 19 de julio sino meses después, el entierro en fosas comunes que aún se buscan y el pacto de silencio oficial “fue una pelea de indios”.
Casi un siglo después, el 19 de mayo de 2022, se dictó una sentencia histórica en el Juicio por la Verdad. Por primera vez, la Justicia Federal reconoció la responsabilidad del Estado en este genocidio. Esta sentencia no solo trajo alivio a los descendientes, sino también a los pueblos indígenas de todo el territorio, además ordenó medidas de reparación integral: pedido de perdón por Estado Nacional, la capacitación de las fuerzas de seguridad en derechos indígenas y la inclusión de la masacre en la currícula escolar nacional. El fallo sentó un precedente regional: los crímenes contra los pueblos indígenas son imprescriptibles, esta sentencia marca el inicio.
Continuidades del genocidio: De Meguesoxochi a Marcelo González
La historia del cacique Qom Meguesoxochi es un espejo de esta continuidad. Líder indiscutido, se entregó en 1884 para proteger a su comunidad bajo promesas estatales que nunca se cumplieron. Su desaparición física forma parte de una memoria fragmentada que hoy reconstruimos a través de la transmisión oral de los abuelos.
Casi cien años después, su bisnieto, Marcelo González, volvió a enfrentar la misma maquinaria represiva. Pastor evangélico y dirigente social, Marcelo luchó por condiciones de vida dignas para su pueblo en un Chaco marcado por la exclusión estructural. Durante la última dictadura, fue detenido y permaneció más de dos años preso en la Unidad Penitenciaria N°7 de Resistencia.
Su ausencia no solo fue una pérdida política; sembró el miedo en el corazón de la comunidad. El testimonio de Ofelia Bonfanti, rescatado por el equipo de la Fundación, revela el coraje de quienes resistieron desde los márgenes. En una época donde “preguntar era peligroso”, Ofelia insistió hasta encontrar a Marcelo en prisión. Ella representa a esas mujeres que sostuvieron la red de cuidado y memoria cuando el Estado intentaba desarticular todo tejido social.
Hacia un “Nunca Más” Intercultural
A 50 años del golpe, la sociedad argentina tiene la oportunidad de incorporar la dimensión indígena a la memoria nacional. No podemos hablar de justicia plena si no reconocemos que los métodos de 1976 —la desaparición forzada, el robo de niños, el traslado de poblaciones— ya se habían ensayado contra nuestros abuelos.

Desde la Fundación Napalpí entendemos que la causa no es “indígenas contra no indígenas”, sino una lucha colectiva por la verdad. Visibilizar estas memorias es comprender que el racismo y la violencia institucional de hoy tienen raíces que aún no han sido arrancadas. “La historia oficial nos contó una parte, pero nuestra memoria guardó la verdad que el papel no quiso escribir.”
Por un Nunca Más que nos incluya a todos y todas. Porque hay desaparecidos que aún no figuran en los libros oficiales, pero que viven en el grito de justicia de sus descendientes y en el compromiso de quienes nos negamos al olvido.
𝗠𝗲𝗺𝗼𝗿𝗶𝗮 𝗩𝗲𝗿𝗱𝗮𝗱 𝗝𝘂𝘀𝘁𝗶𝗰𝗶𝗮 𝗦𝗼𝗯𝗲𝗿𝗮𝗻í𝗮 𝘆 𝗧𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼
𝗦𝗮𝗾𝗮𝗶𝗰𝗼𝘂𝗮’𝗮𝗶 , 𝗘𝗲𝘀𝗮,𝗾𝗮𝗻𝗺𝗶𝘁𝘁𝗮, 𝗡𝗮𝗻𝗼𝗶𝗰𝗻𝗮𝘅𝗮𝗰 𝗾𝗮𝘁𝗮𝗾 𝗟-𝗹𝗮𝗴𝗮𝗾𝗮’ (𝗤𝗼𝗺)
𝗡𝗼𝗹𝗲𝗻𝘁𝗮𝘅𝗮, 𝗹𝗹𝗶𝗾𝘂𝗲𝘁𝗮, 𝗰𝗵𝗮𝗾𝗮𝗶 𝗹𝗹𝗶𝗴𝗿𝗮𝗰 𝗱𝗮 𝗡𝗲𝗹𝗼𝘅𝗼ŷ𝗶𝗮𝘅𝗮𝗰 (𝗠𝗼𝗾𝗼𝗶𝘁)
𝗧𝗼𝘁𝗲𝘁𝗻𝗲𝗸 𝗺𝗮𝘁 𝘁𝗶𝘆𝗮𝗶𝗻𝗵𝗮𝘄𝗶𝘁 𝗵𝗼𝗽𝗲 𝗵𝘂𝗻𝗵𝗮𝗵 (𝗪𝗶𝗰𝗵𝗶)
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